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La gran oportunidad de Israel

04/06/2009 - Conflicto de Oriente Medio ¿ comienzo del fin del calvario?

Lo nunca visto. Un presidente de los EE.UU. coherente con la realidad internacional y con las exigencias de un mundo mejor, basado en la solución de uno de los conflictos más injustos y viejos, que dura ya sesenta años. Esperemos que este claro desafío a la prepotencia israelí no le traiga malas consecuencias al recién estrenado presidente. La composición actual del gobierno israelí, belicista por excelencia, deja presagiar todo menos una entrada en razón.
A Obama ya lo pintan en Israel con un turbante palestino, en clara alusión a sus preferencias. En pocos días le tacharán de anti-judío y más tarde de antisemita. Habrá quien le pinte los bigotes de un tal Adolf Hitler. Pero esto no debería asustar a este nuevo presidente americano. No le debería asustar porque sabe que todo el mundo le apoyará si se trata de ponerle fin a la injusticia más grande del mundo y, de paso, lavar la cara de su país que, durante muchos años, ha estado amparando esa injusticia.
Creemos sinceramente que la mejor manera de ayudar a la resolución del problema de Oriente Medio es que los EE.UU. observen una posición neutral, actuando de juez, pero no parte, como ha sido el caso hasta la salida del poco recomendable Georges W. Bush, de triste recuerdo.
Israel ha conseguido todo lo que quería: arrodillar al mundo árabe, con la ayuda voluntaria de algunos mandatarios del mundo arábigo; restablecer relaciones con países del entorno que nunca antes había soñado y conseguir el reconocimiento del estado israelí por casi todos los países de Oriente Medio, con los que incluso mantiene fluido intercambio de información policial, que, a la postre, no sirve sino para machacar a la resistencia palestina. Seguir hurgando en la herida puede traerle consecuencias imprevisibles y totalmente contrarias a sus intereses.
En su loca trayectoria de victimismo belicista, Israel no quiere darse cuenta de que sólo la paz garantiza la estabilidad y la mayoría de los israelíes buscan y anhelan esa estabilidad que les permita disfrutar plenamente de la vida. Porque, por mucho que la maquillen, su vida en las condiciones actuales no puede ser buena.
Los tiempos nasserianos han pasado y nadie piensa ya en echar al mar a los judíos. La realidad, por muy dura que les parezca a los palestinos, está ahí: Israel existe y hay que vivir con esa realidad. El problema es que Israel no está dispuesto a dar lo que cree que serían concesiones. Israel tiene planes mucho más ambiciosos, que contemplan la expulsión de los palestinos y su ubicación en cualquier otra porción de tierra. El rey Abdellah de Jordania, el eslabón más frágil de la cadena, le está viendo las orejas al lobo muy de cerca. Lo que no quieren comprender los mandatarios israelíes es que se puede llegar a compartir el pan, pero no a disponer de él en exclusiva. Y ese pan es Palestina.
Israel aspira a reescribir la historia a su manera, a sangre y fuego. Con ello, da muestras de ignorar que modificar la geografía política de una zona del mundo no depende exclusivamente de él, sino también de muchos otros factores e intervinientes de la región. Israel cree, como lo ha estado haciendo desde siempre, que los EE.UU. van a estar siempre pendientes de sus caprichos. Pero se olvida de que los americanos, por muy potente que sea el lobby sionista en ese continente, también quieren escribir su propia historia y apuesto a que preferirían que ésta no se grabara sobre cadáveres e injusticias. Desearían que el espíritu de Georges Washington perdurara por los siglos de los siglos.
Por eso, el discurso de ayer de Obama en El Cairo tiene que interpretarse como un aviso a navegantes. Un cambio radical de la política estadounidense hacia los países árabes e islámicos conllevará necesariamente un reequilibrio estratégico capaz de generar estabilidad mundial. Y ese equilibrio no podrá gestarse más que con la instauración de un estado palestino, que pueda convivir en paz con sus vecinos y pasar página. Israel debería aprovechar esta ocasión única que le brindan tanto los países vecinos, como las grandes potencias mundiales, para permitirle a la humanidad dedicarse a problemas mucho más importantes, como son el hambre y las enfermedades.
Todavía está a tiempo.


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