Más vale paz conocida que petróleo por tener.
Lo único cierto en la actual guerra de Afganistán es que hay muchas, muchísimas muertes…y no todas talibanes, como querían hacernos creer los americanos. Lo mismo que ocurriera en Iraq, donde las fuerzas internacionales están sobre ascuas, deshojando el calendario, en espera de despertar de esa pesadilla, lejos del teatro de operaciones. Ante esta situación, es legítimo preguntarse si vale la pena morir y matar para apoderarse de unos pozos de petróleo -de Iraq- o para trazar una ruta por donde trasladar el petróleo hasta Estados Unidos -Afganistán- llevándose también su crudo.
Curioso es ver la miopía de algunos que no han conseguido darle buena lectura a lo que pasó en los años noventa con la todopoderosa Rusia, que se rompiera los dientes en Afganistán, aunque con armamento americano y fuerza bruta talibán, brillantemente dirigida por un invento genuinamente americano, el escurridizo Usama, que todos presienten y huelen, pero que nadie ve.
Tan difícil es la situación que, aún sin admitirlo abiertamente, los americanos no tienen más remedio que recurrir a algunos aventureros solitarios, armados de un machete, un sable, alguna pistola y unas hamburguesas, para salir en busca de Bin Laden, con la intención de “llevarlo ante los tribunales”, a lo Rambo, intentando que lunáticos como el último de la serie, hace unos diez días, hagan lo que la CIA y sus millones no pudieron hacer desde hace casi diez años.
Aunque lo de Bin Laden ya empieza a ser harto sospechoso. ¿Interesa capturarlo o matarlo?
Pienso que no, porque matándolo o llevándolo maniatado hacia cualquier Guantánamo, significaría replantearse toda la estrategia desplegada en Oriente Medio, es decir, en los pozos de petróleo, y lo lógico es que, ante falta de excusa creíble, los que buscaban armas de destrucción masiva tuvieran que inventarse otra engorrosa excusa para llegar al Saddam de turno y colgarle el San Benito.
Como tonto que soy, creo que ningún petróleo del mundo vale una sola vida. Y en Oriente Medio están desapareciendo, brutalmente, muchas. Son infinidad de soldados los que matan sin saber porqué lo hacen y mueren sin saber porqué les mataron. Son demasiadas familias las que reciben en Estados Unidos, en Inglaterra y en muchos otros países una carta y una bandera con los que se les comunica que su hijo, su padre, su familiar, ha muerto combatiendo por la nación. Desde luego, no se les explica de qué peligro han estado defendiendo a su nación. No se les explica que sólo han sido cobayas en un laboratorio sanguinario de planificación de la muerte. Por un puñado de dólares, por un barril de crudo, por un poder efímero. En el otro bando, las mujeres no entienden que alguien destroce sus hogares, sus hijos, sus hombres, su familia, en nombre de una abstracta democracia. No entienden que se tenga que matar a todo un pueblo para “procurarle libertad”. A fuerza de asociar el término libertad con la destrucción y la muerte se les confunden las terminologías y se les atragantan; pierden la razón, pierden la fe y se preguntan cuán cínicas son las altisonantes entidades pseudo defensoras del derecho del hombre, de la vida, de las naciones…
Con su apuesta por ocupar Afganistán, los soldados extranjeros, NATO incluida, no pueden esperar obtener más que la misma respuesta que antes que ellos obtuviera la potente ex –URSS que, ironías del destino, no ha vuelto a levantar cabeza desde entonces, quedando a merced de una y única potencia mundial, cuyo presidente sigue deshojando la margarita que seguramente determinará su suerte. Conste que en sus manos está dedicarse a otros menesteres más importantes que alimentar una guerra que de antemano tiene perdida y que. al fin y al cabo, no fue él quien promovió.
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