Esta es la historia de un inmigrante que soñó con Barcelona. Aconsejado por un amigo que vivía allí, hizo unas cuantas llamadas a los teléfonos que le dio y obtuvo un contrato para trabajar en la construcción como oficial de primera, aun sin serlo. Fue el resultado de pagar 4.000 euros a un empresario a cambio de empleo. Al llegar, encontró obras y grúas por todas partes. Mucha era la gente que compraba pisos, y muchos eran compatriotas suyos. La sorpresa fue mayúscula al ver que promotoras y entidades financieras sacaban provecho de ellos, algunas veces más allá de lo puramente mercantil y ético. La mayoría de estos inmigrantes no conocían las leyes, y algunos no sabían leer ni escribir, pero firmaron contratos repletos de letra pequeña. Me casé y tuve dos hijos, nacidos en esta tierra de promisión. Yo me sentía como en casa. Nunca di importancia al vecino al que saludaba cada mañana y jamás me contestaba, ni a los que me miraban por la calle cuando iba con mi mujer, como si fuéramos de otro planeta.
La crisis lo ha cambiado todo. Ahora, los inmigrantes sobramos. Oigo discursos xenófobos. Es como si fuésemos un producto caducado. Se están denegando renovaciones de papeles a todos aquellos que no hayan cotizado durante cierto tiempo. La expulsión supone la pérdida de propiedades en las que muchos hemos empeñado nuestros ahorros y la educación de nuestros hijos, en un mundo supuestamente igualitario. Mientras, hay políticos que atacan a los inmigrantes hasta por la forma de vestir. Lo hacen para complacer y atraer a su feudo de votantes a los sectores más radicales. La unión de todos los miembros del conglomerado social llevará a España nuevamente al progreso, y no la división y la opresión del débil.
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