En Marruecos, la reciente reforma del texto constitucional refleja en múltiples ámbitos (identidad, lenguas, igualdad de género, Estado de derecho o gobernanza) que Mohamed VI tiene un proyecto de modernización de su país. No obstante, los cambios introducidos no modifican sustancialmente las relaciones de poder entre palacio y los dispositivos democráticos existentes (el Gobierno y el Parlamento). Lo que en un principio podría parecer como un golpe maestro (versión maquiavélica o lampedusiana) que mantiene la centralidad monárquica, refleja en realidad la debilidad de los dispositivos democráticos. Los partidos políticos no han sabido regenerarse y avanzan a remolque de las iniciativas reales, a sabiendas de que la popularidad de Mohamed VI erosiona la propia legitimidad de la actual estructura de partidos.
La realidad es que Mohamed VI se encuentra solo en el proceso de reforma
El país está huérfano de un sistema de partidos y un Parlamento legitimados por la población
Ahora bien, el proyecto de modernización promovido desde palacio necesita ganar hegemonía en términos gramscianos. Dicho con otras palabras: para que pueda ser llevado a buen término sin generar riesgos de inestabilidad, el proyecto impulsado por Mohamed VI requiere ser asumido por unos partidos políticos renovados, que cuenten con respaldo popular y con capacidad de gestión cuando asuman responsabilidades de gobierno.





















